Cuando el corazón se siente pesado en las fiestas: una invitación para sentir y volver a creer
Las fiestas suelen llegar cargadas de luces, reuniones y mensajes que hablan de alegría. Pero, para muchas personas, este tiempo también abre espacios internos más sensibles. Aparecen recuerdos, ausencias, comparaciones… y con ellas, una melancolía o tristeza suave o profunda que a veces no sabemos cómo nombrar.
Y quiero decirte algo importante desde el inicio: no hay nada malo en ti por sentirte así. No es debilidad. Eres humana y debes permitirte sentir.
A veces, cuando el ruido externo baja, el alma aprovecha de hablar…
Escuchar lo que duele, sin pelear con ello
Nuestro primer impulso frente a la tristeza suele ser querer apagarla rápido: distraernos, forzarnos a estar bien, “poner buena cara”. Sin embargo, las emociones no se transforman cuando las empujamos o hacemos que no pasa nada, sino cuando las escuchamos.
La tristeza no llega para castigarnos. Llega para mostrarnos algo que necesita cuidado, atención o cierre. Cuando le damos espacio —sin juicio, sin apuro— comienza a perder intensidad.
“Lo que se resiste, persiste. Lo que se abraza, se transforma” (Carl Yung)
El cuerpo se relaja. La mente deja de resistirse. Y algo dentro de nosotros se ordena.
No se trata de quedarnos atrapados en el dolor, sino de permitirnos sentirlo con amabilidad, como quien acompaña a alguien querido.
La gratitud como un gesto pequeño, pero poderoso
Hablar de gratitud cuando uno está triste puede sonar contradictorio. Pero la gratitud no es negar lo que duele. Es ampliar la mirada.
Agradecer no significa “todo está bien”.
Significa: esto también existe.
Un rayo de sol entrando por la ventana.
Una conversación honesta.
Un recuerdo que aún abriga.
Un momento de calma en medio del día.
Esos pequeños gestos nos devuelven al presente y nos recuerdan que, incluso en los momentos difíciles, la vida sigue ofreciendo apoyo de maneras silenciosas.
Volver al ahora: donde la calma siempre está disponible
Muchas veces la tristeza se intensifica cuando la mente viaja al pasado o se anticipa al futuro. A lo que fue, a lo que no fue, a lo que “debería ser”.
Pero el presente —este instante— casi siempre es más amable de lo que pensamos.
Respirar con conciencia.
Sentir el cuerpo.
Mirar lo que sí está aquí.
Cuando volvemos al ahora, algo se aquieta. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejamos de cargar con todos al mismo tiempo.
La presencia no elimina la tristeza, pero la suaviza. La vuelve habitable.
Conectar de verdad, sin máscaras
Las fiestas no necesitan perfección. No necesitan sonrisas forzadas ni agendas llenas. Necesitan presencia real.
A veces, el mayor regalo es escuchar sin intentar arreglar.
Decir “esto me cuesta” y ser recibido con respeto.
Permitirnos estar como estamos.
La conexión genuina —con otros y con nosotros mismos— es profundamente sanadora.
Una invitación final
Si este tiempo del año te encuentra más sensible, más reflexivo o con el corazón un poco cansado, quiero decírtelo con mucha claridad: no estás solo, no estás sola, y no estás fallando. Estás atravesando un proceso humano, legítimo y necesario.
Y si sientes que necesitas una compañía amorosa para volver a confiar, para ordenar lo que se mueve dentro de ti y recordar tu fuerza interior, El Poder de Creer – mi nuevo libro – puede ser ese espacio seguro al que volver.
No como una respuesta inmediata, sino como un camino suave para reconectar contigo, con tu esperanza y con la certeza de que incluso en los momentos más grises, algo dentro de ti sigue sosteniéndote.
A veces, creer no es hacer más.
Es permitirte recibir.
Con todo mi cariño,
María Paz ✨


