Hay una pregunta que escucho muy seguido en las sesiones, en los talleres e incluso cuando alguien se me acerca después de una charla.
«María Paz, ¿cómo sé si esto que siento es mi intuición… o simplemente es miedo?»
Y la verdad es que no siempre es fácil responderla.
Porque ambos buscan protegernos. Ambos aparecen cuando estamos frente a una decisión importante y ambos pueden sentirse muy reales. Sin embargo, con el tiempo he descubierto que, aunque a veces parezcan lo mismo, dejan una huella muy distinta.
La intuición no suele levantar la voz. No intenta convencerte ni necesita tener la última palabra. Más bien permanece. Es esa sensación que vuelve una y otra vez, incluso cuando intentas explicártela desde la lógica o cuando todos a tu alrededor opinan algo diferente.
El miedo funciona de otra manera. Tiene prisa. Quiere resolverlo todo ahora mismo. Necesita certezas y, muchas veces, nos convence de que cualquier error tendrá consecuencias enormes. La intuición, en cambio, puede invitarte a tomar decisiones difíciles, pero rara vez te empuja desde la desesperación.
Solo observar esa diferencia ya cambia la manera en que empezamos a escucharnos.
Lo que dice la psicología
Hay algo que siempre me ha parecido fascinante.
Nuestro cerebro está procesando información todo el tiempo, incluso cuando no somos conscientes de ello. Registra gestos, cambios de tono, expresiones, experiencias pasadas y cientos de pequeños detalles que no alcanzamos a notar de manera consciente.
Por eso, a veces sentimos que algo no termina de encajar mucho antes de poder explicar por qué.
Eso no significa que toda sensación sea intuición. Tampoco que debamos seguir cualquier impulso. Lo que sí significa es que nuestro cuerpo también participa en la forma en que comprendemos el mundo. Y aprender a escucharlo puede ayudarnos a tomar decisiones más coherentes con quienes somos.
Una práctica que me ha servido
La próxima vez que tengas que tomar una decisión importante, intenta no responder inmediatamente.
Antes de escribir una lista de ventajas y desventajas, antes de llamar a alguien para pedir consejo o antes de buscar una respuesta en internet, regálate un minuto de silencio.
Respira profundo tres veces. Después imagina que ya tomaste la decisión.
No pienses todavía si fue correcta o incorrecta. Solo observa qué ocurre en tu cuerpo. ¿Tu respiración cambia? ¿Tus hombros se relajan? ¿Sientes más tensión o un poco más de paz?
No busques interpretar demasiado. Solo escucha.
Muchas veces el cuerpo alcanza a percibir cosas que la mente todavía necesita tiempo para comprender.
Volver a confiar en ti también se aprende
Quizás la intuición no sea una voz que aparece de un día para otro. Quizás siempre ha estado ahí, esperando un poco más de silencio y un poco menos de miedo.
No se trata de tener siempre la respuesta correcta. Se trata de volver a construir una relación de confianza contigo misma. Porque cuanto más te escuchas, más fácil se vuelve reconocer qué decisiones nacen desde la paz y cuáles nacen desde el temor.
Y eso no ocurre de un día para otro. Es un proceso. Un acto de presencia. Una práctica que se fortalece cada vez que te detienes, respiras y te preguntas qué es lo que realmente sientes, más allá del ruido de afuera.
Me gustaría dejarte una última pregunta antes de irte.
¿Hay alguna decisión que llevas tiempo postergando porque has confiado más en las opiniones de los demás que en tu propia voz?
No necesitas responderla ahora.
Quizás baste con que la lleves contigo durante esta semana.
Porque, a veces, la respuesta no llega cuando pensamos más.
Llega cuando volvemos a escucharnos.
Si quieres seguir profundizando…
En El Poder de Creer hablo de cómo nuestras creencias pueden alejarnos de nuestra propia voz y, al mismo tiempo, de cómo podemos volver a confiar en nosotros mismos desde la psicología y la experiencia.
Si sientes que este tema resonó contigo, creo que el libro puede acompañarte en ese camino.
Con cariño,
María Paz Blanco
